lunes 9 de noviembre de 2009

Hollywood


Signo de interrogación de cierre. La incomprensión se cose a su entrecejo mientras ella expulsa el humo de su cigarrillo con parsimonia. Sus ojos se pierden en el tráfico de la calle, al tiempo que él camina nervioso por la habitación. Repite la pregunta. Otra calada como respuesta. Otra ignorancia. Otro silencio. Amar. Odiar. Resistir. Caer. Resistir. ¿Para qué?, ¿hasta cuándo? “Siempre quisiste ser una estrella de cine”, sentencia él, resquebrajado por dentro. “Y eso es lo único que sabes hacer: fumar como lo hacen en Hollywood”. Huida. Portazo. Carcajadas de nicotina al otro lado. Llanto en el ascensor. Punto final.

martes 13 de octubre de 2009


Voy a dedicar la noche a domesticar luciérnagas mientras tú duermes.


miércoles 30 de septiembre de 2009

Cacareos a las tres (Fin)

- “¿Le gustaría ser mi aprendiz? Pronto moriré y alguien tiene que ocuparse de la herrería hasta que Lázaro aprenda”, pronunció el anciano. El pequeño Lázaro miró anhelante a Tristán y le dio la mano. Sus ojos seguían escrutando su cara.
-“Le gustará el oficio”, le dijo. Sonrió. Tristán miró a su alrededor. Había cestos con espadas y herraduras y una especie de abrevadero para refrescar los objetos recién creados. De repente, el gallo volvió a cacarear.
-“Qué pesado el gallo cegato”, exclamó el niño.
-“¿Cómo”, preguntó intrigado Tristán.
-“Es el gallo de Eusebio, el pescadero. Nació sin ojos y no hace más que cacarear día y noche. Con él no hay quien duerma”, dijo el anciano.
-“¿Entonces se queda con nosotros?”, preguntó el pequeño Lázaro.
-“La verdad es que siempre quise ser artesano”, contestó Tristán y sonrió.
-“Pues no se hable más, pero haga el favor de quitarse esa ropa tan rara que lleva, no me vaya a asustar a la clientela”, repuso el anciano.

lunes 21 de septiembre de 2009

Cacareos a las tres (V)

Cuando vieron que ya nadie les seguía, se detuvieron en una fuente, lejos del mercado.
-“¿Por qué has hecho eso, niño?”, preguntó Tristán.
-“Me llamo Lázaro, como mi padre”, repuso él. “Ha dicho que tenía hambre, ¿no? Pues algo tendrá que comer, digo yo”, añadió.
-“Pero robar es un delito, Lázaro”, contestó Tristán, completamente extenuado tras la carrera. “Anda, bebe un poco de agua”.
-“¿Quiere conocer a mi padre?”, le preguntó Lázaro, mientras comenzaba a caminar.
-“Por qué no”, le contestó Tristán y le siguió. Se detuvieron frente a una herrería. En ella vieron a un anciano trabajando penosamente en el yunque.
-“Es mi padre”, dijo Lázaro. “Padre, traigo a un amigo que nos puede ayudar”, explicó el niño al anciano mientras entraba en la herrería. Tristán le siguió. El herrero le miró.
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viernes 11 de septiembre de 2009

Cacareos a las tres (IV)

Había puestos de pescado, frutas y verduras, carne, instrumentos musicales, tinajas, niños corriendo, mujeres llevando cubos de agua, burros caminando… El sonido de su reloj digital de muñeca espabiló a Tristán. “Son las diez”, exclamó. “Menos mal que no me lo quité antes de acostarme”.

De un salto, se plantó en plena calle y sonrió. Estaba descalzado. No le importaba. Los niños que corrían también lo estaban.
-“¿Por qué lleva esa ropa tan rara?”, le preguntó un niño raquítico de unos diez años. Tristán se observó. Estaba en pijama.
- “Es que voy disfrazado”, le contestó.
-“Ah”, le respondió el niño, y salió corriendo.
- “¡Espera!”, gritó Tristán. “Tengo hambre”.
-“Pues sígueme”, le contestó el niño sin dejar de correr, adentrándose en el mercado. Tristán decidió seguirle. ¿Qué otra cosa podía hacer?

El muchacho se detuvo frente a un puesto de pan. Aprovechó un despiste del tendero para robar dos panecillos, que arrojó a Tristán. Justo entonces, el vendedor vio los dos panecillos volando. “¡Al ladrón!’”, gritó, y Tristán y el niño empezaron a correr.
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jueves 27 de agosto de 2009

Cacareos a las tres (III)

“¡Agua va!”, escuchó. Ese grito le despertó. Abrió los ojos. Había amanecido. Ni rastro del enorme animal, pero eso no le tranquilizó. Se encontraba en una estancia vacía, con paredes grises. Eran gruesos muros de piedra. Tristán miró al suelo. Ásperas tablas de madera sin ningún tipo de acabado, de tamaño irregular, conformaban la superficie de la habitación.

Cerró los ojos, contó hasta cien, despacio, muy despacio, y los volvió a abrir lentamente. Ahí seguían los muros de piedra. Comenzó a pellizcarse con dureza el antebrazo izquierdo. Le dolía, mucho. No estaba dormido. Dejó caer su cabeza y reparó en su cama. Era un jergón de paja tirado en el suelo, sin sábanas ni mantas. Miró hacia los lados. Ni rastro de las dos mesillas de noche.

Sin saber qué hacer, Tristán comenzó a llorar. Las lágrimas se mezclaban con temblores esporádicos. De repente, paró. “¡Agua va!”, volvió a escuchar. Como activado por un resorte, se dirigió hasta la ventana, de madera tosca, como el suelo. El sol danzaba por las rendijas. Tristán empujó las hojas y de nuevo tuvo que agarrarse al alféizar para no caer por la borda. “¡Santo Di…!” murmuró, pero no fue capaz de terminar la frase. Un auténtico mercado medieval se mostraba, insolente, ante sus ojos.
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lunes 10 de agosto de 2009

Cacareos a las tres (II)

La noche le dio una bofetada. Segundos después, Tristán tuvo que agarrarse al alféizar para no caerse. Un nuevo cacareo del gallo le asustó. Miró su reloj. Eran poco más de las tres de la mañana. “¡Pero si es de noche! ¿Por qué demonios cacareas?”, gritó furioso. Sin entender qué había pasado con su ventana ni de dónde había salido ese gallo trasnochador, decidió volver a la cama y dormir un rato más.

“Seguro que todo es una pesadilla. Estaré soñando. Anoche cené mucho y eso no es sano”, dijo en voz alta mientras se tumbaba en la cama. Notó el colchón más blando y bajo que de costumbre, pero decidió no pensar más y, simplemente, cerrar los ojos hasta conseguir dormirse. Lo último que escuchó justo antes adormilarse fue un nuevo cacareo de un gallo. “Sólo eres fantasía. Habrás muerto por la mañana”, musitó.

Mientras dormía, Tristán soñó que un enorme gallo con un reloj en el pico entraba por la ventana de la habitación y le observaba. El gallo comenzó a acercarse a la cama y Tristán, asustado, se escondió bajo la sábana. El enorme animal seguía ahí, esperando. De repente, el gallo comenzó a mover las alas para después quedarse completamente erguido y emitir un estridente cacareo. Tristán gritó.